La desventaja de dulcificar un crudo fenómeno: la maternidad adolescente.

La desventaja de dulcificar un crudo fenómeno: la maternidad adolescente.

 

Aquello que se ha constituido en nuestro país como un problema de salud pública grave, por el alto porcentaje de madres adolescentes y menores de quince años que dan a luz en nuestro país, se está convirtiendo además en un fenómeno guía que ha sido mal enfocado durante ya varios años. Es nuestra sociedad al parecer artífice y a la vez producto de ello. Aquello que no se condice con lo esperado socialmente tiende a tomar dos caminos: el del rechazo absoluto, o el de la mitigación con la finalidad de bajarle el perfil o “hacerlo nuestro”, esto último casi como un despliegue forzoso de aquel refrán que dice: “si no puedes contra tu enemigo únete a el”.

En los últimos años viene sucediendo esto con la educación sexual en Chile. La problemática ha sido al parecer tan difícil de abordar y consensuar entre los diversos actores involucrados, que hemos llegado a este doble standard del que les hablo. Que podemos esperar entonces si los discursos asociados al problema del embarazo adolescente son variados, muchas veces antagónicos y lo que es peor aún, propulsores en muchos casos de mantener y perpetuar un fenómeno que ha ido cambiando su anatomía –producto de ese mismo discurso- haciendo que algunas variables que antes mantenían a las adolescentes lejos del mismo, hoy ya no existan, pues la sociedad lo está incorporado como algo esperable, natural y hasta maravilloso en algunos casos. Con esto último me refiero al discurso sobre “el regalo de la vida” que brota en nuestra cultura sin ningún reparo ni previo análisis de las condiciones del embarazo ni de la madre y su situación.

La mayor parte del tiempo no ponemos atención a los discursos que subyacen a los fenómenos de los cuales somos parte, pues dado que es un discurso que nos funda y funda así nuestras ideas, es tan transparente para nosotros que pocas veces podemos “escucharlos” y ponerlos en cuestionamiento. Pero ocurre que cuando las acciones para abordar un problema ya no están siendo suficientes, debemos como quien dice rebobinar, revisar y replantear aquellos sustentos o hipótesis que le están dando forma.

Cuando el discurso es uno, a pesar de lo potente que pueda ser, y de lo ancestral que este sea, quizá no involucre tanta dificultad como cuando se han identificado diversas miradas y un discurso doble vinculante que sanciona y a la ves redime, que aparta y a la vez acoge, que protege y a la ves abandona, que educa y a la vez promueve. Es el discurso que dulcifica un crudo fenómeno aún cuando el mundo adulto sabe lo cruel que es para una adolescente hacerse cargo de un otro demandante cuando a penas se es capaz de ser responsable por uno mismo.

Es aquí cuando se confunde el que las redes de apoyo están para mitigar el dolor y la crudeza del devenir de esta madre niña que apenas sea madre verá reducidas sus oportunidades y proyecciones, con la idea de que las redes son parte de un proceso natural que las vuelve heroínas y mujeres mas valientes y maduras que el resto de las niñas. Aquí es cuando se confunde la no discriminación y el otorgamiento de la posibilidad de terminar sus estudios con la idea de un ramillete de ventajas que las posicionan en un lugar de privilegios a temprana edad que quizá de no haber quedado embarazadas no habrían podido ser partícipes. Aquí es cuando se confunde lo agraz con lo dulce, lo doloroso con lo fácil, lo que debemos contener porque ya está, con lo que ya no se quiere mas.

Quienes formulan las políticas de educación sexual necesitan ser asiduos intérpretes del pensamiento adolescente y preadolescente, y ser avezados “lectores” del discurso social que estamos proyectando a las futuras madres. Deben ser entendidos abiertos a la posibilidad de educar a un otro muy distinto de uno, que piensa en una lógica muy diversa, para tocar su fibra. No basta con tener claridad en lo que no queremos, necesitamos tener cierta luz sobre lo que la niña quiere, sobre aquello que define el hecho mismo de entregar su amor, su cuerpo mientras se olvida o desconoce lo que se viene después. ¿Que piensa una niña cuando se enfrenta a la delgada línea que la separa del ser niña, mujer y madre? ¿Qué es realmente lo que queremos lograr cuando pensamos en educación sexual en Chile? ¿Qué prácticas queremos promover en nuestros jóvenes? ¿cuáles queremos desechar? ¿Es nuestro discurso, o nuestros “dis-cursos” (dado lo antagónicos que son) el mejor contexto para aplacar el fenómeno del embarazo adolescente? ¿Estamos educando para la prevención o estamos educando a pasar por dulce la crudeza, la pobreza y el sufrimiento?

Necesitamos políticas de educación sexual francas, realistas frente a la realidad país que somos. Gestadas en un trabajo multidisciplinario a cargo de profesionales competentes en las diversas aristas del tema, no solo en manos de educadores con vocación. Necesitamos expertos en saber cómo abordar el tema en sus múltiples realidades: no es lo mismo hacer educación sexual en un Cumbres que en una escuelita en la Pintana. Necesitamos claridad y agudeza en los ejes preventivos, para no solo caer en una rutina informativa del tema de la sexualidad, ni en explicaciones reduccionistas sobre la biología del acto sexual, si no que cumplir con el principal cometido que debiera ser distanciar a los adolescentes de las prácticas sexuales no seguras, de modo tal de evitar el embarazo adolescente y la paternidad no responsable. Con una política preventiva de excelencia, reduciríamos además el debate del aborto.

Lamentablemente el pseudo beneficioso discurso que por años hemos sostenido sobre la maternidad vista siempre como una vivencia esperanzadora y maravillosa, no ha permitido al inconsciente colectivo de las adolescentes modernas guardar una distancia prudente ni auspiciar prácticas sexuales seguras a fin de proteger la contingencia de los años que les toca vivir, donde un bebé y miles de responsabilidades, además de una lista de cambios y quiebres, en ocasiones no tienen mas cabida que a costa de mucho sufrimiento, tanto para ellas, sus familias y sus bebes.

 

MCH

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